Impulsarse en el olvido

Para esta edición de 3colíbris les traemos el artículo títulado: Impulsarse en el olvido escrito por María Daniela Bustos Ramírez, estudiante de la Universidad del Rosario, Bogotá, Colombia.

Qué experiencia, nadie aprende en el salón de clase cómo se siente ir a una salida de campo, nadie te dice de antemano cómo tomar notas de campo, qué debes ver y cómo verlo y solo llegas, con poca información leída de unos cuantos artículos, a un lugar donde solo conoces a tus compañeros y a tu profesora; en resumen, estás fuera de tu zona de confort. Con 11 horas de viaje, cuatro horas de sueño y unas advertencias que debíamos tener por seguridad, nos recibió Muzo, un municipio al occidente de Boyacá conocido como “la capital mundial de las esmeraldas”. Entre montañas, el verde de los árboles y un clima que, aunque caliente, bastante cómodo, se puede leer a lo lejos en uno de los cerros “Paz, Dios ve todo”, una frase que puede tener como objetivo que la zona se mantenga en calma y que la violencia que se vivió allí permanezca apaciguada.

10600517_1449521531996808_2059477215997692489_nFuente: 3 colibrís.

“La guerra verde”, un término bien conocido en la zona, pero poco hablado, principalmente por temor. Esta guerra comenzó desde 1950, cuando la búsqueda por el “oro verde” en el occidente de Boyacá se disparó y aparecieron ciertos personajes que querían volverse los dueños y zares de la esmeralda a como diera lugar, manchando la zona no solo de verde, sino del rojo de la muerte. Las historias son contadas con rapidez y a Víctor Carranza, uno de los nombres principales alrededor de este conflicto, le dicen “Don Víctor”, con tono de respeto que incluso puede ser tomado como admiración. Precisamente, fue Víctor Carranza quien firmó la paz con los esmeralderos después de la muerte de Gonzalo Rodríguez Gacha en 1991, lo cual puede explicar la admiración o respeto que se le pudo tener a “Don Víctor” (Nuñez, 2015).

Ahora bien, el conflicto alrededor de la esmeralda se mantiene y hay un miedo latente sobre qué se puede comentar acerca de la guerra, a quiénes y en qué espacios. Sin embargo, el tema actual no es sobre quiénes son los nuevos zares de las esmeraldas, sino la tensión entre esmeralderos artesanales -considerados ilegales- y las multinacionales. Un miembro del gremio esmeraldero, que conoce muy bien los conflictos actuales sobre la esmeralda, es quien nos hace más énfasis en la precaución, más no temor, que se debe tener al hablar del conflicto que se empieza a vislumbrar. La violencia se mantiene, los bandos siguen presentes, pero ya no es entre familias que se quieren apoderar del imperio esmeraldero, sino entre los guaqueros y las multinacionales -como MTC (Minería Texas Colombia), la cual adquirió, el 2 de diciembre del 2013, el 100% de los derechos de explotación de la concesión de la mina Puerto Arturo (Minería Texas Colombia, s.f.)- apoyadas por el gobierno.

Es así como la idea del cultivo de cacao se presenta como la mejor opción para, por un lado, brindar una salida económicamente viable para los guaqueros y, por otro lado, mantenerlos fuera de las minas y que la idea de una nueva “guerra verde” quede olvidada. Es así como se presentó una fundación, proyecto generado por MTC y sus políticas “socialmente responsables”, que les brinda a productores cacaoteros locales una formación tecnificada sobre la siembra de este producto y cómo tener sus cultivos en óptimas condiciones.  De esta manera, el cacao que se produce es comprado por la fundación y ésta lo vende a las grandes industrias nacionales y, próximamente, a empresas internacionales.

Entre las montañas se encuentra la finca que nos abrió sus puertas, con lo cual se logró conocer qué tanta verdad hay en estos discursos y cuánto es solo información institucionalizada aprendida por cada eslabón. Nos atrapa el “ingeniero”, un trabajador de la Fundación, con información técnica sobre la producción de cacao; menciona MTC, pero no profundiza en quiénes son o por qué una industria de minería invierte en la industria cacaotera. Por otro lado, los agricultores, un poco más penosos, se presentan con su asociación de la cual hacen parte por lo menos 25 personas. El discurso se vuelve sistemático, nos explican que este proyecto es la mejor opción para los pobladores de la zona ya que, según el ingeniero, brinda una mejor estabilidad económica que la explotación esmeraldera.

Solo hay hombres a primera vista, casi todos con la camisa de la asociación y sus ponchos, que muy amablemente nos prestaron más adelante para no quemarnos. Muy amables, muy precisos, pero siempre con el ingeniero detrás, parecían vigilados, como si los saberes que tuvieran no fueran suficientes o como si tuvieran que pensar dos veces lo que iban a decir. La principal razón que mencionaban los agricultores sobre por qué habían optado por cultivar cacao era porque la minería no era suficiente para mantenerse a ellos mismos y a sus familias. Pero aclaraban que esta no era su única fuente de ingresos, porque sus hijos habían obtenido educación gracias a la minería y que, asimismo, seguían yendo a las minas a trabajar.

Para entender la ventaja económica de la que hablan los cacaoteros hay que partir de que manejan precios es por arrobas y cada una está costando 70.000$ pesos; trimestralmente están produciendo de 5 a 10 toneladas, siendo 5 toneladas 440 arrobas y, por el precio actual, esas 5 toneladas estarían costando 30’800.000$ pesos. Sobre esto se tiene que tener en cuenta que cuando hacen un clon sobre una misma mata de cacao, esta se demora en producir el producto alrededor de 2 años y con la siembra de la misma semilla la espera es de 3 años y medio, lo cual implica que tengan alrededor de 4000 matas de cacao para mantener una producción con buenas ganancias.

Buenas Prácticas Agrarias (BPA), una certificación que persiguen los cacaoteros con ayuda de los ingenieros de la fundación, a pesar de que, para los primeros, esta certificación no es tan importante como se presenta. Según el agricultor que nos llevó por la finca, no es tan importante la certificación para ellos como agricultores porque de cualquier forma la venta de cacao se mantiene. El recorrido alrededor de la finca se basó en la observación de cómo se ve esa certificación ya hecha; el ingeniero y los cacaoteros mencionaban cada espacio debidamente demarcado para la seguridad de los trabajadores, la limpieza de toda la finca y que aseguraba la calidad del producto. Las dos partes hacían énfasis en que un aspecto importante para cumplir con las BPA era que no se tuviera un monocultivo, sino que hubiera una gran variedad de productos que se ayudaran entre sí para evitar las plagas. En la finca hay cultivos de café, caña de azúcar, piña y plátano, aparte de los cultivos de cacao, del cual comimos bastante y no, no sabe amargo.

Hay relaciones sociales presentes en este espacio que pueden ser bastante curiosas. Por un lado, aunque la Fundación tenga un programa que se enfoca en los niños y en pasarle a ellos las técnicas necesarias para la producción de cacao como un “relevo generacional”, no se tiene en cuenta que los mismos cacaoteros esperan que sus hijos migren a la ciudad. Sin embargo, es aquí en donde surge una contradicción porque, aunque esperan que sus hijos migren a la ciudad, tienen una visión de esta como poco amigable, desorganizada, peligrosa y la misma idea de que el campo se quede sin jóvenes les preocupa.

La otra dinámica presente que me parece importante es la participación que tiene la mujer en todo este entorno porque en todo el recorrido estuvieron involucradas solamente en la cocina y la única conversación que pude tener con ellas fue para preguntar su opinión sobre la alcaldía actual de Muzo, que para ellas es la única que ha tenido en cuenta a los agricultores. La poca participación de ellas también se puede deber a que, según lo dicho por el agricultor, “las esposas son más para la integración” porque a ellos “no les gusta que las mujeres trabajen” directamente en la producción de cacao.

DSC_0323Fuente: 3 colibrís.

Al día siguiente, ya entrada la tarde, partimos hacia Duitama para llegar a la Fundación San Isidro. El viaje, de nuevo, fue más largo de lo esperado y estuvimos siete horas en el bus, aunque fue suficiente para recuperar energías y hablar un poco de lo que habíamos visto en Muzo. Hablamos de las diferentes experiencias que cada uno tuvo con los cacaoteros y los esmeralderos. Pudimos constatar que, lejos de los ingenieros y un poco más tranquilos, los agricultores decían con molestia que el cacao era una forma de sacarlos de la minería para que la producción de esmeralda quedara acaparada por MTC. Esta “solución” al conflicto por el territorio los deja por fuera de la producción esmeraldera para volverlos dependientes del cacao.

Ya en Duitama, por la hora, las actividades comenzaron al día siguiente con un buen desayuno, un gran sol y una hermosa vista que me hizo sentir nostálgica al pensar en todo lo maravilloso que me puedo estar perdiendo por vivir en “la gran ciudad”. Un miembro de la junta de la fundación y campesino, que es el principal requisito para ser miembro de dicha junta, fue quien nos acompañó en ese último día de nuestra travesía por Boyacá y que nos presentó, desde mi punto de vista, la idea de un proyecto agroecológico que puede funcionar mejor para los campesinos que la agricultura convencional.

La Fundación San Isidro presta ayuda y compañía a las familias campesinas para tratar problemas que estén relacionados con la salud, la alimentación, la educación ambiental, el buen uso de los medios para la comunicación y la cultura, con un enfoque productivo agroecológico. Quien nos acompañó contó con orgullo que los resultados que han obtenido gracias a estas “mesas de trabajo” han sido muy productivos y las familias han tomado una actitud de responsabilidad con el medio ambiente, de unión entre los mismos campesinos y de iniciativa para defender sus derechos. Como ejemplo de esto está la participación que tuvo tanto la fundación como muchos gremios de Boyacá en el Paro Agrario Nacional del 2013 donde “toda una misma sociedad se unió y logramos paralizar todo el país”. El país es dependiente de la agricultura campesina para su alimentación y esto quedó claro cuando las ciudades empezaron a quedar desabastecidas por el paro.

Como ejemplo sobre la unión y responsabilidad que han tomado las familias campesinas sobre su industria están los mercados campesinos, los cuales son organizados por la Fundación San Isidro bajo la idea de soberanía alimentaria. La soberanía alimentaria, nos explicaron, es el derecho que tienen las comunidades campesinas de producir y consumir alimentos que estén cultivados con técnicas sostenibles y que estén culturalmente asociados con el espacio en el que se comercian.

Todo esto fue presentado en un salón de clases donde los mismos campesinos van a recibir y a generar información, la cual se hereda a los más jóvenes por técnicas orales y dándoles a entender su papel para que las tradiciones rurales no se pierdan. La fundación entiende que estos saberes no van a ser tomados por los jóvenes por medios autoritarios, por el contrario, los jóvenes deben poder proyectar un futuro estable en el campo porque, según el campesino “los jóvenes se van del campo porque no encuentran una oportunidad económica”. Las mujeres también juegan un papel relevante en el campo, según el pensamiento de la fundación, porque son ellas las que impulsan la economía campesina y entienden que los monocultivos o las grandes producciones son perjudiciales para el campesino. Sin embargo, este saber por parte de las mujeres se plantea como algo innato e incluso relacionado con sus papeles tradicionales de cuidado y reproducción, mientras que los hombres, según el campesino, buscan es producir excesivamente, sin tener en cuenta el daño que le causan al medio ambiente.

Con esto en mente empezamos un pequeño recorrido por la sede que tiene la Fundación San Isidro en Duitama. Llegamos a la huerta que tienen, hay cultivos de varios tipos de papas, cilantro, lechuga, marihuana para usos medicinales, etc., y su eje principal es la recuperación de las semillas tradicionales por medio del trueque. Sobre este tema se nos explicó la diferencia entre la agroecología y la producción orgánica. Por un lado, la producción orgánica significa el cambio de tecnologías y saberes sobre la producción, sin romper la dependencia a insecticidas orgánicos comerciales y la certificación por parte del ICA, como las Buenas Prácticas Agrícolas. Por otro lado, la agroecología implica la transmisión de saberes propios de los campesinos, de sus propias tecnologías para así, por ejemplo, evitar el uso extendido de insecticidas, basándose en las interacciones ecosistémicas para el control biológico evitando dependencias externas.

Su posición frente a las semillas de la industria –incluyendo aquellas modificadas genéticamente- es clara, atacan la biodiversidad y generan una dependencia que perjudica cada vez más a los campesinos. Desde aquí comienzan los problemas que tienen los campesinos con las leyes colombianas contra las cuales la fundación intenta luchar. El principal problema es que por las dificultades económicas que ha tenido la fundación se han visto en la necesidad de prestar diferentes servicios como, por ejemplo, de hospedaje. Sin embargo, al prestar estos servicios sus características como fundación se empiezan a distorsionar y ahora, si deciden mantener la prestación de estos servicios, deben empezar a pagar más impuestos. Esto lo cuenta quien nos acompaña con incertidumbre de qué es lo que puede deparar el futuro para ellos, pero su rostro se vuelve a iluminar cuando menciona los esfuerzos tan arduos que han hecho por los campesinos. Una organización de campesinos para campesinos.

Boyacá es un departamento enorme, muchas montañas, climas distintos y la intención de toda la población de salir adelante. Unos optan por la violencia, otros por el trabajo incesante en una mina y hay otros que intentan recuperar sus tradiciones agrícolas y con ello conseguir un sustento estable. Es una zona en donde campesinos y pequeños esmeralderos se han visto olvidados por el Estado y las soluciones que se presentan no están construidas para ellos. No es fácil, desde mi posición, ver todo de manera neutral, no molestarme cuando entre chistes y coplas naturalizan la violencia contra la mujer o ignorar que las multinacionales, que tanto nos vigilaron, son causantes de muchos problemas actuales en la zona.

En los dos espacios aquí relatados hay una presencia dominante desde entidades superiores a los campesinos. Por un lado, hay un choque entre las expectativas que tienen los cacaoteros sobre la vida de sus hijos y las soluciones que presenta la fundación. Asimismo, la idea de que la fundación no presenta ninguna ayuda y que la venta del cacao tampoco es tan rentable como dicen ronda bastante entre los habitantes de Muzo, que ven con recelo la apropiación que ha hecho MTC de sus tradiciones. De igual forma, que la participación que tiene la fundación sea tomada como una iniciativa para sacar poco a poco a los esmeralderos artesanales y evitar conflictos con las multinacionales, como MTC, da a entender que no es una ayuda, sino un mecanismo de opresión que intenta ser sutil. Por el otro lado, la Fundación San Isidro se ve afectada por las leyes colombianas que apoyan, por ejemplo, el uso de semillas transgénicas y por la falta de apoyo desde los organismos gubernamentales a los proyectos que buscan mejorar la calidad de vida y de producción de los campesinos.

Referencias

Minería Texas Colombia. (s.f.). Historia. Recuperado el 5 de junio de 2018, de mtc: http://mtcol.com/la-compania/historia

Nuñez, G. E. (25 de junio de 2015). El verde de la esmeralda brilla para todos: MTC. Obtenido de Diario la economía: http://diariolaeconomia.com/mineria-y-petroleo/item/727-el-verde-de-la-esmeralda-brilla-para-todos-mtc.html

 

 

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