El campo es vida

 

Carmen de Carupa, una defensa por la vida y la soberanía

Natalia Giraldo[1]

 

Mis abuelos, y en general mi familia, es y ha sido campesina. Desde pequeña se me ha enseñado que el campo es vida y debe ser tratado como tal, sin embargo no entendí lo problemático que podría llegar a ser esto hasta que visite Carmen de Carupa. Un municipio de Cundinamarca -productor de papa, leche, y quinua- catalogado como un sitio con los mejores nacimientos de agua. Un lugar de clima frío pero corazones calientes, donde la primera prenda de vestir que se divisa es la ruana, acompañada de unas botas de caucho. En sus manos se ve su oficio: el trabajo de la tierra. Sin embargo la forma como este trabajo se piensa y se realiza ha cambiado por las políticas y discursos estatales, lo cual ha problematizado la labor del campesino y su soberanía sobre ésta.

En Carmen de Carupa se cultivan tres papas nativas: la Pastusa, la Tocarreña y la Española, y especies de afuera como la Parda, Superior, Única, R12 y Criolla. Para sembrarla se recomienda la semilla certificada, pues según Danilo Alarcón, agrónomo de la UMATA (Unidades Municipales de Asistencia Técnica Agropecuaria), “las semillas tienen que cumplir unas normas”. Esto implica que el campesino además de la semilla debe comprar otros insumos para la producción como por ejemplo fertilizantes, lo que incrementa los costos y los pone en una posición desfavorable ante el mercado.

Desde el discurso estatal, el campo es considerado como un sector productivo que debe estar inmerso en las lógicas de mercado en precios y calidad; de ahí que se les pida requerimientos a los campesinos para sembrar. No obstante, las condiciones en las que se encuentra el campesino colombiano, en este caso el campesino de Carupa, ponen en riesgo la existencia del campo como un sector productivo y la relación entre el campesino y la tierra.

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La política económica del gobierno nacional no es proteccionista con el agro colombiano: la comida se ha convertido en un negocio. Con la apertura del mercado y la llegada del neoliberalismo Colombia dejó de ser autosostenible. La firma de los TLC (Tratados de Libre Comercio) con otros países puso en jaque al campesino colombiano, pues se le han impuesto condiciones y trabas. Como dice Tatiana Mosquera, una de las líderes del movimiento social de Dignidad Agropecuaria, “usted está solo con el mercado”. Lo que ha provocado esto es una reducción nacional, a tal punto que, según Tatiana, solo el 30% de lo que consumimos son productos nacionales.

Tatiana, nacida en Boyacá, sentada en un salón con una ruana blanca, nos cuenta como “la producción agropecuaria está quebrada”. De familia campesina, propia de las montañas, administradora de empresas, una de las representantes del movimiento de Dignidad agropecuaria, son algunas de las características con las que se presenta. Ella evidencia la realidad, no solo desde sus palabras, al igual que el campo lo hace desde su vida.

Dignidad Agropecuaria Colombiana nace en 2013, después del paro agrario, con el fin de integrar a todo el sector agropecuario para defender la producción nacional. Lo trascendental de esta movilización es que logra acoger a todo tipo de producción y a todo tipo de productores: pequeños, grandes, medianos, arroceros, cafeteros, paperos, fruteros, pesqueros, en general, todos hacen parte de la movilización. No tiene una filiación política o religiosa y rechazan el uso de la violencia, lo que consideran, permite el diálogo. Además, se financian ellos mismos porque si reciben dinero podrían ser cooptados. “El sector agrario une a todos” nos dice Tatiana, pero sobre todo, se une por la necesidad de representación nacional.

Por lo mismo, Dignidad Agropecuaria no solo se moviliza, también tienen planes de acción. Según Tatiana son tres: 1) votar bien, 2) organizar el sector agropecuario para asumir la producción y comercialización y 3) ganarse los espacios para la participación política. Este último se ha venido evidenciando en las negociaciones del gobierno, pues siempre que se sienta a conciliar sobre algún problema agrario está presente un representante de Dignidad Agropecuaria.

Según lo que nos cuenta Tatiana, uno de sus grandes principios es la defensa por la producción nacional y la soberanía alimentaria. Soberanía entendida como la no dependencia de ningún país para alimentarnos. Lo anterior queda más claro con un caso que nos muestra Tatiana. En Colombia se producen aproximadamente seis millones de toneladas de leche<cantidad que se consume en todo el país. Esto quiere decir que la cantidad de leche que se produce en Colombia es suficiente para suplir a toda la población del país. Sin embargo, según Tatiana, el año pasado ingresaron cerca de cincuenta y ocho mil toneladas de leche por el TLC con Estados Unidos. Sumado a esto, se quiere firmar otro TLC con los países de la Unión Europea, quienes son los de mayor producción lechera y más altos subsidios para los pequeños productores. Esto implica que en el país se dé el “dumping”, donde los productos se pueden vender por debajo de los costos de producción nacional.

Lo preocupante es que esta situación no es única del sector lechero; por el contrario, está presente en toda la producción nacional. Como dice Tatiana “nos mordió la vaca” y la política del gobierno nacional va dirigida a acabar con el agro colombiano. De ahí la importancia y la trascendencia de la movilización social porque todo lo que han logrado ha sido peleando, como dice Tatiana “usted se deja quitar su trabajo o sale a pelear”.

Lo que busca este movimiento y los campesinos de Carmen de Carupa no es salirse del mercado, es transformarlo para que trascienda las lógicas capitalistas y no haya una dominación alimentaria de los países del Norte al Sur global. Además, y con un sentido más local, se aboga por la defensa de la labor campesina como un oficio legítimo, a través de un reconocimiento y apoyo directo del Estado. Es decir, el movimiento busca visibilizar al campesino como un actor social y político que debe estar presente en las discusiones de las políticas nacionales. Para mí, se trata de reconocer al campesino como un sujeto activo en su realidad que tiene agencia sobre su territorio y que, por tanto, tiene derecho a decidir sobre él. Pero no solo se trata de un tema alimentario y de producción nacional. Dignidad Agropecuaria también reconoce la importancia del cuidado ambiental porque “sin ambiente no hay agricultura”. Idea que está ligada con la soberanía, ya no solo alimentaria, sino territorial. Desde Dignidad Agropecuaria se lucha por concebir el agua como un bien nacional que se debe asegurar, por lo cual no debe ser entregado en concesión a empresas privadas. Desde mi perspectiva lo que hace Dignidad Agropecuaria es pensar en una soberanía territorial donde los campesinos sean los encargados de producir el alimento para el país, cuidar el medioambiente, y darle el derecho a los campesinos de decidir y trabajar la tierra bajo sus condiciones, pero con apoyo y reconocimiento estatal.

Sin embargo, en Carmen de Carupa se ve una tensión entre lo catalogado como lo ambiental y lo agrícola, específicamente entre los páramos y el cultivo, además de la presencia de minería. Carmen de Carupa es un territorio rodeado por montañas y atravesado por la cordillera oriental. Es una zona propia de páramo de los Andes colombianos esto hace que su clima se sienta frío o templado dependiendo de la hora. Cuando se está allí la sensación corporal y visual de humedad acompaña todo el tiempo el recorrido. Es como si el agua brotara de todas partes, a tal punto que logras sentirla en tu cuerpo. Y esto no es casualidad, pues Carmen de Carupa es un lugar caracterizado como productor de agua, abastece a lugares aledaños como Tausa, Sutatausa y Ubaté.

Como decía al principio, Carmen de Carupa es vida, pero al parecer existen muchas concepciones y definiciones sobre cómo se debería vivir. Definiciones que la mayoría de los casos están dadas desde la estructura estatal y no desde la realidad social. Cuando uno se encuentra en Carmen de Carupa se siente y está ante un territorio con vocación campesina, alrededor se ven los cultivos de papa y quinua. A primera vista, uno no concibe este lugar como una zona de páramo o de reserva forestal, pero solo hay que subir unos metros más para que, desde el Estado, algunas zonas de Carmen de Carupa sean páramo. Lo problemático de esta situación es que no se piensa como un ecosistema que es habitado por campesinos.

El acuerdo 022 de 2009 declara estas zonas como páramo, lo que convierte el territorio en una zona de reserva forestal. Acuerdo que trae dos consecuencias. En primer lugar, la sentencia 1735 prohíbe las actividades agropecuarias y mineras en las zonas de páramo, esto quiere decir que no se puede cultivar en estas zonas. Actividades que han sido realizadas por años por los campesinos de la zona. La segunda consecuencia es que al ser una zona de reserva forestal las tierras pasan a ser propiedad del estado y son administradas por la CAR. Esto implica que los campesinos que han vivido ahí y tienen su propiedad son despojados.

Para mí, esto implica una transformación en la vocación del territorio, la cual invisibiliza la historia campesina, pero que, a su vez busca proteger el ambiente. Es una coyuntura que perjudica a los campesinos de Carmen de Carupa pues desconoce su labor de décadas y los criminaliza. Ya no son campesinos, ahora son invasores. Tal es el caso de doña Isabel, una lideresa, de aproximadamente cuarenta o cincuenta años. Sus ojos se ven tristes y su mirada cansada. Su lucha se evidencia en su cuerpo, el cansancio de su voz da cuenta de las múltiples luchas que ha tenido que afrontar para defender su propiedad y su labor. Quiere que sus hijos tengan una educación de alta calidad, quiere seguir trabajando la tierra como lo ha hecho desde niña, pero está quebrada y ningún banco le presta porque su finca/parcela se encuentra dentro de la zona delimitada como páramo. Una encrucijada que atraviesa la vida de muchas personas y que no tiene una respuesta desde las autoridades municipales.

Tanto la problemática ambiental como la problemática agropecuaria está unida a la búsqueda por la soberanía territorial que propongo más arriba. Lucha que se persigue desde el movimiento desde Dignidad Agropecuaria, pero sobre todo desde la vida misma de los campesinos y los habitantes de Carmen de Carupa. Lo que se ve al momento de llegar al lugar no es un problema teórico o abstracto, es un problema real, que toca la vida diaria de las personas, determina su calidad de vida y representa su pasado, presente y futuro. Además, no solo es una realidad individual, también se trata de una realidad colectiva. El hecho de que los jóvenes no quieran seguir trabajando en el campo da cuenta de cómo se ha transformado esta labor y cómo las personas ya no lo ven como un estilo de vida viable.

En la cara de Jorge, Oliveiro y Juan Pablo, campesinos y ahora jornaleros, se siente una amargura frente a su situación como campesinos. El cambio climático, la pérdida de cosechas, el endeudamiento con los bancos, los requerimientos del ICA y el CAR, entre otros, son algunos factores que permiten entender porque su voz ya suena cansada. Sin embargo, lo lindo y motivante de la visita a Carmen de Carupa es que para ellos y para todas las personas del municipio el campo es vida y hay que luchar por él y defenderlo a toda costa. Quizás algunos no tienen la fuerza y el liderazgo que tienen otros, como Doña Rosa, Cesar Pachón o Tatiana, pero todos están presentes en la lucha. Hasta nosotros como investigadores sociales, como estudiantes, pero, en especial, como descendientes de campesinos tenemos una labor y un papel en esta lucha.

Defender la producción nacional, el territorio, los saberes y el ambiente es abogar por una soberanía territorial, acción que se hace desde la cotidianidad y desde el compromiso personal. Lo que me deja la salida a Carmen de Carupa es entender que como persona debo ser consciente de la realidad que está más allá de un artículo investigativo o una noticia. La realidad es aquello que pasa en el diario vivir, es aquello que sucede mientras se cultiva la papa, se prepara la quinua y se ordeña la vaca.

Entender la realidad del campo colombiano es entender que éste es vida, que nos da, nos quita y nos permite sobrevivir. Entender la realidad de Colombia, es comprender que somos un país históricamente rural, que lo que se vive en Carmen de Carupa no es la excepción, y que como ciudadanos y habitantes de lo urbano, de nuestra historia debemos reconocer el papel que tiene este sector en nuestra vida global, nacional y local, así como en los ámbitos político, social y cultural. Entender la realidad colombiana es entender que todos somos campo, entender que todos somos vida.

[1] Estudiante de cuarto semestre de Sociología, Universidad del Rosario.

 

Este artículo refleja exclusivamente el pensamiento del autor y no compromete la posición política y/o administrativa de 3 Colibrís.

 

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