Una guerra se vive en el campo

Santiago Buenaventura*

La vista en las montañas de la Fundación San Isidro, Duitama, Boyacá. Fuente: Archivo personal de Santiago Buenaventura, 29 de septiembre del 2018.

Una guerra se vive en el campo. Otra guerra más se vive en el campo, para ser concreto, porque conociendo la desgarradora historia de mi Patria Boba, Colombia, no es sorpresa que el principal sector afectado por el conflicto sea el rural. Sin embargo, esta es una guerra distinta a las demás: es una guerra silenciosa, a pesar de que los campos donde suceden no viven en paz, aunque eso aparenten; es una guerra con víctimas, aunque no se dispare un solo fusil ni haya muertes; es una guerra donde no se habla de guerrillas ni grupos paramilitares, a pesar de que en algún momento hayan tenido que ver en estos conflictos. Sin embargo, sigue siendo una guerra, la guerra que viven los campesinos boyacenses.

Como otra historia de revolución y resistencia, así empieza esta guerra, donde los campesinos y campesinas son los que toman sus propias riendas para defenderse de la represión, de la crisis, de una masacre disfrazada de progreso donde ellos y ellas son los principales afectados. Donde sus armas de defensa son las palas, los rastrillos y las semillas, y sus únicas estrategias son la siembra y elaboración de cultivos y fertilizantes orgánicos, para defender lo único que tienen y que las guerras en Colombia arrebatan: la tierra. Este recurso es el único del que viven y resisten estos campesinos, que a pesar de todas las adversidades que enfrentan, siempre tienen la actitud de trabajar con amor por el campo, cultivando distintos tipos de vegetales y semillas orgánicas, productos los cuales defienden con el sudor y sangre de sus frentes, con sus manos ampolladas de luchar a diario contra un Estado que no los escucha y es el principal responsable de su masacre.

Esta masacre es lenta, sin víctimas mortales, pero igual de dañina a cualquier masacre, puesto que es una masacre causada por las megaindustrias alimentarias que, por un lado, envenenan con químicos la tierra y llevan al mercado productos ultraprocesados, cuya materia prima es frecuentemente derivada de cultivos genéticamente modificados de consumo masivo. Por otro lado, tenemos la ineficacia y el silencio de un Estado que, gobierno tras gobierno, se niega a escuchar las necesidades de los campesinos y les da la espalda, cuando estos muestran una alternativa de producción de alimentos orgánicos que ayudan al agro colombiano y, a la vez, no acaban con la salud de los consumidores. Sin embargo, el gobierno sigue entregándose a estas megaindustrias, tanto nacionales como internacionales, contribuyendo a la masacre del agro colombiano que cada vez está en mayor crisis, donde campesinos luchan a diario para mantener vivas sus tradiciones de los cultivos en el campo.

A pesar de todas estas adversidades, los campesinos trabajan a diario para defender sus tierras de los químicos y variedades transgénicas. Como es el caso de don Isaías Rodríguez y Aura María, dos campesinos boyacenses que trabajan en la paz de sus tierras para promover los productos agroecológicos del campo. Ambos hacen parte de la Fundación San Isidro, ubicada en Duitama, Colombia. La Fundación San Isidro es una de las principales organizaciones que buscan promover y buscar un reconocimiento del agro boyacense en el país a partir de los cultivos agroecológicos y la movilización social.

Así como en batallas y en bloques militares, don Isaías y doña Aura lideran tropas conformadas por personas dispuestas a luchar por la defensa y soberanía de estas tierras campesinas contra las maquinarias de las grandes industrias de alimentos transgénicos. Reclutan personas que quieran realizar incidencia sobre problemáticas campesinas y agrarias con el fin de tener liderazgo a nivel regional. No necesariamente las personas que contribuyen deben ser campesinas o campesinos, pero sí deben tener un sentido de pertenencia por estas tierras para apoyar los procesos de la Fundación, a partir de su profesión.

Así, estos dos líderes, esta especie de comandantes de ejércitos para combatir la guerra silenciosa por defender el agro colombiano, se basan en la incidencia desde sus lugares de trabajo, teniendo diversos aspectos en común. Por una parte, Aura María es una mujer de avanzada edad que vive en una humilde finca en la vereda de Tuta. Su finca posee un pequeño terreno donde se respira la tranquilidad que no se puede vivir en el mundo urbano, un lugar que vive en paz con unos increíbles paisajes verdes, que muestran la vida soñada de cualquier persona próxima a jubilarse. Doña Aura, con un vestido y sombrero típico de baile de las campesinas boyacenses, quería vestirse así para la ocasión por nuestra visita. Además, trabaja en sus terrenos labrando distintos tipos de cultivos de semillas para fines tanto alimenticios como medicinales.


Charla introductoria con Don Isaías, algunas representantes de la junta directiva de la fundación y nosotros los visitantes. Duitama, Boyacá. Archivo personal de Santiago Buenaventura, 29 de septiembre del 2018.

Por otra parte, el señor Isaías trabaja como parte de la junta directiva de la fundación, cuyos terrenos, al igual que en la finca de doña Aura, se usan para labrar en terrenos fértiles. Isaías, quien fue el principal representante de la junta directiva en nuestra visita, es un hombre bondadoso criado en el campo y dispuesto a enseñar. Además de mostrar porque esta lucha que él y la señora Aura representan es de vital necesidad e importancia, y por qué razones es necesaria la incidencia que ellos y los que promueven estas causas es útil para vencer a las grandes industrias de alimentos ultraprocesados.

Tanto Isaías, la junta directiva de la fundación y Aura comparten muchas cosas en común, no solo la guerra que lideran por mantener vivas las costumbres agrarias del campo ya mencionadas, ni únicamente la pasión que ponen para luchar por estas tierras, si no que todos llevan en sus hombros un importante legado que surgió entre finales de los años 70 y comienzos de los 80 y que, a pesar de las adversidades, se ha tratado de mantener vivo hasta hoy. Todo comenzó cuando la monja boyacense Ana Segura, mejor conocida como la Hermana Teresa, no siente el desarrollo de una misión en su trabajo religioso, por lo que surge la idea de un trabajo social del campesinado, con el fin de encontrar las problemáticas halladas allí. Así, es asignada a la pastoral social del municipio de Duitama, siendo la primera mujer en una pastoral donde se vinculaban solo hombres, con el fin de hacer trabajos sociales como acompañamiento a las comunidades y el arreglo de iglesias. Sin embargo, la Hermana Teresa está en desacuerdo con la alta segregación contra las mujeres y el orden jerárquico que predominaba en la iglesia católica.

Con estas divisiones de género, Teresa nota que la mujer campesina se ve como un ser reproductivo y no como alguien con capacidad de aportar en el campo, gracias a su análisis del día a día de los campesinos y campesinas, donde percibía que las labores de la mujer del campo consistían en trabajar para su familia: despertar a las 2 de la mañana para preparar desayunos a los esposos, trabajadores mineros, alistar a los hijos, cuidar los animales, preparar almuerzo y ayudar a los hombres en las labores. Estas razones fueron las que le hicieron replantear el objetivo de la pastoral a la Hermana Teresa, ya que las mujeres no tenían voz por falta de espacios donde participar. Aunque le permitían trabajar con mujeres y asistir a los encuentros pastorales, eran pocos los espacios donde podían ser escuchadas. Pero gracias a los aportes de la Hermana, las mujeres del campo se vinculan más a trabajos donde tengan una mayor importancia en lo que hacen, como en espacios sociales y políticos. Estos aportes de la Hermana Teresa generaron divisiones al interior de la pastoral, lo que finalmente conllevó al despido de la Hermana y quienes la apoyaban.

Tras estos despidos -y con base en la teología de la liberación- la Hermana Teresa y un grupo de campesinas y campesinos interesados por esta lucha de la hermana, promueve la creación de programas de salud para combatir la desnutrición en las veredas y la capacitación de promotoras de salud para crear conciencias sobre la importancia de producir alimentos de calidad y sin químicos. Es así como la Hermana Teresa y el grupo de campesinos y campesinas crea la Fundación San Isidro en 1980, un legado que ha llegado hasta don Isaías y la junta directiva a partir de una liberación basada en la fe. En cinco hectáreas, no solo se busca el fomento de cultivos agroecológicos, si no la igualdad de condiciones entre hombres y mujeres para laborar en cultivos, como forma de luchar contra el machismo reflejado en las zonas rurales de Boyacá; el mismo que se reproducía desde las pastorales católicas y al que la Hermana Teresa se opuso.

Un claro ejemplo de esta lucha contra el machismo en el sector rural es el de doña Aura quien, continuando el legado de la Hermana Teresa, ha demostrado la fuerza y el poder que tiene una mujer si participa activamente por la lucha de la tierra y en pro de los alimentos sin químicos. Además, Aura María es una partidaria fiel del reconocimiento de la mujer en el campo boyacense, y esto lo prueba en su lucha por mantener las culturas y costumbres boyacenses a través de las danzas tradicionales, dando continuidad a las causas de la Hermana Teresa. Así, ella de la mano de la Fundación San Isidro tiene como objetivo este reconocimiento femenino junto con otras valientes mujeres, como Janeth, Johanna y las demás mujeres que representan la junta directiva de la fundación, quienes se han unido en la defensa del campo y las tradiciones boyacenses con la fundación, y luchan ante las adversidades que tiene tanto San Isidro como otras iniciativas de cultivo agroecológico.

Esta lucha, esta guerra que lidera y de la que se responsabilizan Isaías, Aura, Johanna, Janeth, los demás miembros de la junta directiva de la fundación y muchos otros más, enfrenta cada vez mayores adversidades. Está la pelea contra las minerías que no respetan el medio ambiente ni la forma de producción agroecológica de la tierra por parte de los campesinos, además de luchar por lo que ellos denominan la soberanía alimentaria, que consiste, según lo considera la fundación, en la capacidad para producir sus propios alimentos, con control de los recursos que permiten la producción de los mismos: el agua, la tierra, las semillas, la biodiversidad y el territorio en su conjunto.

 Sin embargo, la desigual distribución de la tierra en Colombia hace una tarea casi utópica para buscar esta soberanía. Según Don Isaías: de 21.500.000 hectáreas para la agricultura en Colombia, solo 4.900.000 son utilizadas; además, el 0.06% de los propietarios controlan el 53.5% de la tierra mientras que el 86.6% de los propietarios controlan únicamente el 8.8% de la tierra. Otra problemática viene desde la apertura económica en 1990 y los tratados de libre comercio que han fomentado las importaciones llegando a las 12.000.000 de toneladas de alimentos en 2015 durante el gobierno Juan Manuel Santos. Estos índices altos de importación permitieron grandes inversiones extranjeras en el país, lo que causa una lucha desigual y la quiebra de productos nacionales, puesto que está la incapacidad de competir contra las grandes maquinarias agrarias de las industrias foráneas.

Estos factores ocasionaron lo que es la expresión de inconformismo más simbólica en la que campesinos como Aura, Isaías y sus compañeros de la junta directiva de la FSI se unieron: El Paro Nacional Agrario de 2013. Esta forma de lucha por la tierra y el sentido de pertenencia a través de los productos del agro nacional se expresaron mediante múltiples manifestaciones y desabastecimientos de alimentos que se fueron expandiendo desde Boyacá por el resto del país. Lucha a la que se unieron distintos gremios y sindicatos, los que demostraron que el campo necesita ayuda, puesto que está perdiendo una batalla contra las agroindustrias promovidas por el Estado.

A pesar de estos paros campesinos, y de ciertos beneficios que lograron, todavía se sigue viendo la crisis rural causada no solo por la masiva importación de alimentos sino por otras políticas económicas como la última reforma tributaria, aprobada en el año 2016 y que se aplicó a partir del 2017. Esta reforma consiste básicamente en el alza de impuestos y/o tributos del 16% al 19% a productos básicos como alimentos de la canasta familiar. Además, esta reforma pedía el 20% de excedentes a entidades como la Fundación San Isidro. Entonces esto, sumado con el poco apoyo que tiene promover el cultivo de alimentos agroecológicos, y la ausencia estatal de en estos espacios llevó a la fundación a un proceso de venta de sus terrenos, lo cual muestra una aparente derrota en esta lucha campesina.


Semillas de  zucchini cubiertas por químicos cambian su tonalidad a azul. Duitama, Boyacá. Fuente: Archivo personal de Santiago Buenaventura, 29 de septiembre del 2018.

Papa sabanera para sembrar. Vereda Tuta, Boyacá. Fuente: Archivo personal de Santiago Buenaventura, 30 de septiembre del 2018.

Además de los numerosos cultivos que se cosechan, en la Fundación San Isidro también se elaboran de los fertilizantes utilizados para labrar sus territorios. Por ejemplo, el abono es elaborado con cascarilla de arroz que da un compostaje más alto: se usa estiércol de vaca como base fundamental del fertilizante y humus de lombriz, que vuelve el abono nutritivo gracias a las lombrices rojas que se usan como fungicidas. Este proceso de elaboración dura 40 días para después ser vendidos o utilizados en los terrenos de siembra.

Por otra parte, en la finca de Aura se trabaja también con estiércol de vaca o caballo, suero, melaza, levadura, cal, sulfato de cobre, aromáticas dulces y ají que se disuelven en 230 litros de agua. Después se deja reposar por 10 días para posteriormente removerlo por 3 días en el sentido de las manecillas del reloj; lo cual, según una especialista del campo como Aura, debe hacerse con buena actitud para evitar que se dañe el abono.

Doña Aura enseñando con amor cómo se siembran las semillas. Tuta Boyacá. Fuente: Archivo personal de Santiago Buenaventura, 30 de septiembre del 2018.

Tras haber conocido más a profundidad el proceso de trabajo de los integrantes de la Fundación San Isidro, uno siente más empatía por las luchas que han mantenido y las incidencias que se necesitan en el campo. Arar con un caballo, sembrar distintos tipos de granos y papa con la ayuda de herramientas o desgranar el maíz son solo unas de las pequeñas tareas de estas personas. Campesinos como Aura e Isaías logran transmitir la idea de tener sentido de pertenencia por estas tierras y los productos que se tienen, por cada vez más cuestionar y criticar las grandes maquinarias de alimentos químicos, y especialmente, por mantener viva esta guerra en el campo, porque a pesar de que todo se vea en contra, el campesinado seguirá en pie.

La tumba de la Hermana Teresa, en el sendero ecológico de la fundación. Duitama, Boyacá. Fuente: Archivo personal de Santiago Buenaventura, 29 de septiembre del 2018.

Quisiera cerrar este escrito brindando un homenaje a  la mujer que, de la mano de campesinos y campesinas boyacenses, dedicó toda su vida a darle un valor a esta lucha campesina: a la mujer que mostró que esta lucha es de todos, sin importar el género ni las creencias. Por usted, hermana Teresa, y a todos los campesinos y campesinas que creyeron y confiaron en ella desde un inicio, el campesinado boyacense no se rendirá contra las maquinarias de las megaindustrias alimentarias. Porque gracias a usted, hermana Teresa, el campesinado está vivo y sigue en pie de lucha.

* Estudiante de sexto semestre de periodismo y antropología de la Universidad del Rosario en Bogotá. De febrero a junio del 2018 fue integrante del colectivo estudiantil de la Universidad del Rosario UR Humana. Simpatizante de los productos agroecológicos y orgánicos por ser proveniente del Tolima, uno de los departamentos más afectados por las megaindustrias de alimentos transgénicos y la minería en Colombia.

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