Autora Ana Prada.
En 2021, participé en un taller para la formulación de proyectos productivos con excombatientes de la extinta guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Llevábamos toda la mañana conversando sobre cómo debían ser los proyectos productivos que traerían la paz y la reconciliación a Colombia, que garantizarían que cerca de diecisiete mil excombatientes de la guerrilla más antigua de occidente permanecieran lejos de las armas, hasta ese momento todas las intervenciones habían sido lideradas por hombres. Un poco antes de la pausa de medio día, una mujer excombatiente pidió la palabra y en una intervención corta y contundente dijo:
“De todo lo que se ha hablado hasta ahora, ninguna propuesta incluye a las mujeres madres de hogar, nadie se preguntado por cómo garantizar que las mujeres que somos madres participemos en los espacios de toma de decisiones y en los proyectos productivos, a pesar de que nuestra participación es fundamental, porque nosotras somos madres de la paz en Colombia”.
Su intervención me rompió la cabeza y me interpeló profundamente sobre las voces ausentes en los espacios de ideación y construcción de proyectos productivos sustentables para la paz. En diez años recorriendo Latinoamérica y conociendo procesos comunitarios, encuentro con más frecuencia de la que quisiera, que las madres no pueden participar en espacios de planeación comunitaria porque son relegadas actividades del hogar, a la preparación de la comida durante los talleres o al cuidado de los niños y niñas durante los talleres de formación y planeación. Así nos perdemos una valiosa y fundamental parte de la narrativa para garantizar la construcción de proyectos productivos que fortalezcan las economías locales, desde una perspectiva inclusiva y de cuidado, muchas veces creamos proyectos con una Tasa Interna de Retorno atractiva, pero que deja por fuera a las creadoras de vida y ensancha las brechas de género en las comunidades locales.

Diálogo entre amigas para entender por qué las madres quedan por fuera de los procesos de construcción de paz
Para entender un poco mejor este fenómeno y todo lo que nos estamos perdiendo cuándo dejamos por fuera la voz de las madres en proyectos productivos, procesos económicos y políticos para la construcción de paz decidí entrevistar a dos amigas. Ellas dos son expertas en el tema, su experticia nace de su experiencia como madres de dos hermosos varones, además de madres, también son profesionales, defensoras de la No Violencia y la construcción de paz: Jazmín Antista y Ana María Quintero.
A Jazmín, la conocí durante los estudios de maestría, estudiamos juntas y tuve el gusto de producir con ella un podcast sobre organizaciones lideradas por mujeres que han marcado hitos en Suramérica para avanzar en la reconciliación, con un caso comparativo entre las Abuelas de Plaza de Mayo de Argentina y La Ruta Pacífica de las Mujeres de Colombia. Jazmín, nació en Olavarría, Argentina, ella es psicóloga y master en Paz y Análisis de Conflictos de la Universidad de Queensland y es madre de Iñaki un precioso bebé que hoy tiene 4 meses, Jaz ha trabajado en salud pública con enfoque de género, y tiene una inspiradora vocación de construcción de comunidad. Ella es de esas personas que inspiran sensación de comunidad. Jazmín más que pacifista se define a sí misma como defensora de la No Violencia desde los espacios de la vida cotidiana.
A Ana, o Ani, bogotana que se ha recorrido todo Colombia a Lomo de Mula, como diría el maestro Molano, la conocí acompañando a excombatientes de FARC en la implementación del proceso de reincorporación económica y social a la vida civil en 2021, desde ahí ella se ha convertido en una gran amiga y cómplice de sueños. Ana es ecológa, tiene una certificación en Gestalt y es la madre de Alejandro, un niño muy amoroso e inteligente de 6 años, ha sido bastante activa en movimientos sociales y políticos de izquierda en Colombia, promoviendo la creación de políticas públicas que fomenten la inclusión y la conservación de ecosistemas. Ani se define como una mujer capaz de sortear los retos que la vida a puesto en su camino, la muerte de su madre en su adolescencia la llevó a entender la maternidad como un asunto político.
Al escuchar a Jazmín y Ana, encontré similitudes y diferencias como es de esperarse, que devienen de sus distintas experiencias de vida. Jaz, desde la reflexión comunitaria acompañando a comunidades marginalizadas en Argentina y Ani desde la militancia con la izquierda colombiana. Sin embargo, aún en las diferencias, sus dos perspectivas sobre la maternidad y la construcción de procesos comunitarios tienen indudablemente un aroma Latinoamericana; que se siente en la manera como interpelan al Estado y al modelo capitalista, invitando a la reivindicación de las redes de solidaridad, que durante años han sostenido a los sistemas políticos y económicos globales.
Para Jaz y para Ani, la participación de las madres en la vida pública debe darse con garantías de política pública en un Estado Social de Derecho, pero, también debe basarse en estrechas redes comunitarias de apoyo, como lo hacían nuestros ancestros suramericanos, quiénes a través, de prácticas como “la Minga”, resolvían los avatares de la vida diaria para sostener la vida en formación.
Redes para sostener la vida
Para Jazmín, las “Redes de Cuidado Comunitario” que desbordan la política de Estado, son fundamentales para sostener grupos humanos. Las redes resguardan la vida, no solo la de la madre, sino también la de la vida en formación y trasgreden el paradigma capitalista vigente de propiedad privada e individualización.
Las redes, tal como lo hacían nuestros ancestros suramericanos, forman seres humanos consecuentes de su relación con un territorio, un lenguaje, un mundo y un sistema de valores, argumenta Jazmín. La perspectiva de redes para la maternidad, nos recuerda la complejidad de las relaciones y los vínculos que el monopolio de la epistemología colonial ha encasillado en la familia nuclear como única estructura primaria de socialización normalizada en las sociedades; criando así, seres humanos con frágiles capacidades de socialización y frecuentemente desconectados de sus raíces y su identidad. Las redes o “tribus”, como las enuncia Jazmín, se basan en la solidaridad, sostienen la vida y a quiénes forman la vida.

El poder del vínculo comunitario para convivir en sociedad
En complemento a la noción de Red de Cuidado Comunitario, Jazmín trae sobre la mesa el poder del vínculo comunitario. Que vendría siendo como la sustancia de la Red de Cuidado comunitario, Que se sostiene por sólidos vínculos de solidaridad, que están por fuera de la gestión del Estado.
La reflexión de Jazmín nos invita a salirnos de la dicotomía Eurocéntrica-colonial-moderna de público/privado, y siento que indudablemente nos conduce volver a el pensamiento complejo de nuestros ancestros, que entendían la integralidad de los sistemas comunitarios con la noción Quechua de Ayllu, una forma de organización social que contiene familias y comunidades que se vinculan entre sí de manera solidaria para sostener la vida social.
Con relación a la construcción de paz, Jazmín subraya que es fundamental que las sociedades pongan en el centro el fomento de vínculos sólidos para la formación de seres amorosos, por medio de leyes que fomenten el apoyo comunitario. Las madres y la comunidad que rodea a los bebés y niños son centrales para la formación de la relación de los menores consigo mismos y con el mundo.
Políticas públicas para la inserción económica, la salud y la educación de las madres
Para Ana, el Estado Social de Derecho tiene deudas históricas con las madres, que pueden ser saldadas con políticas públicas más sensibles con el rol de maternar y que fomenten la autonomía económica.
En complemento, para Ana es fundamental reconocer a las madres como sujetos políticos activos que desempeñan múltiples roles en su vida cotidiana. Ana, considera clave la existencia de políticas públicas para fomentar que los roles de cuidado no recaigan exclusivamente en las mujeres, que promuevan la participación y reconocimiento de las madres como sujetos activos.
“Las madres podemos ser activistas políticas con espacio y voz propia en escenarios de poder, dónde se puedan proponer nuevas condiciones laborales para las madres en cada etapa de la vida de sus hijos e hijas, las madres podemos aportar en la construcción de políticas públicas que se acomoden al nuevo modo de vida y de crianza, promoviendo sistemas educativos y de salud que se adapten a las necesidades de las mamás, que validen los saberes tradicionales, protejan la salud mental de las madres y garanticen la autonomía económica de las madres”, propone Ana.
Las madres ponen su reflexividad, energía y tiempo en la formación de la vida, en el proceso de socialización que es fundamental para consolidar sociedades, y a los sujetos de conforman esas sociedades. La garantía del disfrute de las maternidades contribuye a la formación de sociedades más pacíficas, esto último es una especulación mía, no es una cita de algún estudio académico, sin embargo, por experiencia propia he visto como las fincas campesinas en las que predomina la red comunitaria y el disfrute de las maternidades prevalece el amor por la vida, pese a los múltiples retos que existen en la agricultura campesina, esto quizá se deba a que como plantea Jazmín, los sujetos son más sensibles a su relación con un territorio.
“Es fundamental que todo el sistema de trabajo de la economía en general tenga en consideración el rol que cumple una dedicación a los cuidados de un ser que está en formación, que está construyendo quién es, su relación con este mundo, con un territorio y consigo mismo”, propone Jazmín.

Garantías de seguridad para la organización
La garantía de seguridad y protección de la vida de las madres que se organizan en movimientos sociales no es un reto menor, cuenta Ana. Las organizaciones de madres, especialmente en Colombia no tienen garantías de seguridad para la participación política. “Muchas veces su participación puede costar su vida o la de sus familias”, cuenta Ana.
Para cerrar
Quizá una de las mejores estrategias de prevención de conflictos, puede ser la adecuada crianza de seres amorosos, por lo que resulta fundamental poner el cuidado de la vida en formación y la vida que la forma en el centro de la vida comunitaria y política de nuestras sociedades, dejando de lado el fetiche capitalista individualizador. Y para quiénes somos amantes de la agricultura familiar, campesina y comunitaria, la consolidación de Redes Cuidado Comunitario puede acercarnos a la consolidación de paisajes alimentarios más sanos y más justos.
Tras escuchar las valiosas reflexiones de Ana María y Jazmín quiero cerrar con más preguntas que certezas, con la gran pregunta de fondo ¿qué tipo de agricultura campesina, familiar y comunitaria para la paz estamos construyendo si no incluimos las voces de las madres?
Agradecemos a Jazmín y Ana por su calidez y apertura en esta necesaria reflexión sobre la relevancia de escuchar e incluir a las madres en la conversación sobre la construcción de paz y de otros horizontes posibles.


